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December 20 CRISTINA BAJO DE CORDOBA CON AMOR
La voz del interior Pasó más de treinta años a solas frente a una máquina de escribir, hasta que un buen día pensó que se podía morir sin que sus hijos supieran qué hacía. Así publicó Como vivido cien veces, una primera novela que se convirtió en el best-seller más extraño de 1995. La noticia llegó a Buenos Aires, desde donde acudieron desesperados a contratarla. Ahora, cuando acaba de publicar Sierva de Dios, ama de la Muerte, su tercer libro, Cristina Bajo explica por qué escribe novelones históricos al mejor estilo Lo que el viento se llevó y lo difícil que es ser famosa desde el interior. POR CLAUDIO ZEIGER Se podría pensar en varias tradiciones posibles para rastrear la estirpe de la escritora cordobesa Cristina Bajo. Una, desde luego, es la de las mujeres escritoras que en el silencio del cuarto propio tejieron sus novelas por años, a hurtadillas, alejadas del mundanal ruido de la república de las letras y que ahora pueden disfrutar, no sin malicia, del discreto encanto de la venganza: un mercado editorial absurdo que las confinó por años al ostracismo, ahora viene a pedirles a gritos que escriban novelas históricas con heroínas mujeres, porque el público ahora es femenino y hay que saciarlo de ficciones con las que puedan identificarse. Pero hay otra tradición más recortada aún en la que puede incluírsela: la de los escritores tardíos, esos para quienes la vida recién empieza a los cincuenta o más. De toda esa genealogía, frente a Cristina Bajo, uno se acuerda de la dama de las intrigas policiales con investigación forense: P.D. James. En parte porque Cristina Bajo es una incansable lectora de novelas policiales, y además porque su último libro cuenta la fascinante historia de una envenenadora de comienzos del siglo XVIII en Córdoba, una intriga detectivesca sin detective, pero con abundancia de jesuitas, obispos, corregidores, familias españolas venidas a menos, monjas y fieles sirvientes que llegan a matar por sus amos. Es, como le gusta decir a ella, un novelón. Irresistible para el lector de largo aliento y con título de telenovela brasileña: Sierva de Dios, Ama de la Muerte. QUEHACERES DOMESTICOS “Yo escribía como una especie de terapia. Tuve muy diversos oficios: vendí madera, hice ropa artesanal y puse una boutique, tuve una librería, y fui maestra rural. A la editorial le encanta hacer hincapié en lo de maestra rural, no sé por qué, pero la verdad es que lo hice por poco tiempo. Hemos pasado algunos momentos difíciles en mi familia, que a lo mejor comparado con lo que le pasa a otros quizá no fue para tanto, pero que igual me shockearon mucho. Perdí mi casa, vino la ruptura de mi matrimonio, y yo, que soy una persona bastante descentrada y apasionada, escribo como para tener un ancla a tierra. Escribiendo me olvidaba de todos los problemas que tenía, especialmente los económicos, porque empezaba a vivir la vida de mis personajes. Yo escribo desde siempre, y hace treinta años había empezado a hacer una novela histórica, y entre tanto fui escribiendo otras cosas, incluso los primeros capítulos de la novela que acaba de salir. De vez en cuando le daba algo a leer a alguna amiga, y veía que lo leían con tan pocas ganas que me desalentó y dejé de mostrar. Mientras tanto yo seguía escribiendo. Al final ya no me importó. El último tiempo antes de editar, cuando estaba terminando la primera novela, me puse a pensar: Me voy a morir y mis hijos, que me han visto toda la vida sentada frente a la máquina de escribir, no saben qué estuve haciendo tantos años. Capaz yo muero y queman todo. Empecé a pensar en dejarle todo a alguien para que a lo mejor algún día lo leyera, pero sin pasar por una editorial, ni mandar a un concurso. Siempre pensé en la literatura como un trabajo doméstico.” LA HORA DEL NOVELON “Estoy harta de escuchar gente que hace literatura, buena o mala, alta o baja, pero que hablan de lo que hacen como si fuera literatura intocable y excelsa, sólo para iniciados”, dice Cristina Bajo cuando se le pregunta por qué califica a sus propios libros como novelones. “Creo que no uso mal el lenguaje; incluso en una universidad de Córdoba están estudiando las distintas formas en que hablan las distintas clases sociales en Como vivido cien veces. Cómo habla un blanco con un blanco y cómo cambia el lenguaje cuando habla con un negro o dos negros hablan entre ellos. Son esas cosas que uno hace no para que se note, pero que si no lo hace, es un desastre. Yo creo hacer un buen trabajo dentro de lo que me gusta hacer, y antes de que digan que son novelones, lo digo yo.” EL CAMINO Y LA POSADA El libro que acaba de publicar Cristina Bajo es, en consecuencia, el tercero de sus novelones: dos de la saga histórica de una familia llamada Osorio (Como vivido cien veces y En tiempos de Laura Osorio) y ahora la historia de Sebastiana, una joven enigmática que protagoniza una novela de misterio y avenvturas con marco histórico. “Lo único que tenía claro era que el lector y no los personajes que la rodean a ella sospecharan que era asesina. Mata ella o alguien mata por ella, y ella, ¿sabe que matan por ella? ¿Es una instigadora o sólo deja hacer? ¿O no lo sabe? Si es culpable, ¿la entrego a la Justicia? Son preguntas que exceden lo literario, son incluso morales.” La autora, que hasta el momento se había abocado al siglo XIX, se encontró con un terreno más incógnito: el siglo XVIII en sus albores, y además, la necesidad de empaparse de un terreno más familiar para los autores de intrigas: venenos, pócimas y, en suma, el asesinato como una de las bellas artes. HISTORIA DE DOS CIUDADES Cristina Bajo admite que su curioso periplo desde el anonimato provincial a la publicación en la city le ha acarreadoalgunas situaciones difíciles. Dice que ha habido roces y que, en definitiva, por eso sale a decir que lo suyo son los novelones. NO ES FACIL SER CORDOBES,No es fácil ser cordobés, por Cristina BajoNo es fácil ser cordobés, porque nacimos de una desobediencia, porque nos castigaron con una injusticia y porque nuestros fundadores eran algo raros: traían más libros que armas, cargaban vides, limoneros, olivos, higueras y los primeros rosales de la Argentina. Siendo una de las últimas en fundarse, Córdoba abrió la primera universidad sin descuidar el levantar molinos y fábricas, donar conventos, cultivar la mala vida, dar a luz al primer poeta y propiciar que nuestros paisanos no tuvieran que depender de los terratenientes para vivir. Por aquella desobediencia y aquella injusticia, porque tuvimos que luchar contra políticas nacionales que no siempre veían con tranquilidad que creciéramos, los cordobeses resultamos rebeldes, impacientes, con una gran capacidad de trabajo y una propensión volátil a estallar. Tenemos a Dios y al Diablo en el cuerpo: somos clericales y ateos, populistas, clasistas, conservadores y reformistas, y generalmente marchamos a contrapelo del país. Eso sí, nunca llegamos en silencio; más de una vez nuestras explosiones, para bien o para mal, han cambiado el curso de la historia. Esto hace que a veces -no siempre de la mejor manera-, nos mostremos superiores por el solo hecho de ser cordobeses, aunque tenemos a nuestro favor que distinguimos el orgullo de la soberbia, siendo que el primero puede ser virtud, y la segunda siempre es defecto. Pero si algo nos redime, es el humor. A veces socarrón, otras irónico, de vez en cuando agudo y siempre ocurrente, nos emparenta con los andaluces que traían vides, rosas y libros, y con cierta cualidad ladina, buenamente taimada, de nuestros indios. Es este un humor vivo, que abarca todas las clases sociales, que se palpa en los barrios, que florece en los cátedras, que discurre por los pasillos tribunalicios, que parpadea en el médico más serio, en el chico de la calle, en las vecinas primorosas y en los paisanos de a caballo o en bicicleta. Como ya dije, no es fácil ser cordobés, pero el humor ayuda. Cristina Bajo. Escritora. Nació en Córdoba Capital. Publicó, entre otras, Como vivido cien veces (novela histórica). En 1998 fue elegida “La Mujer del Año” por la legislatura cordobesa. |
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